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el impacto del cambio climático en México: ¿una calamidad que se avecina o una oportunidad para el desarrollo?

Marzo de 2010

el impacto del cambio climático en México

En los días en que escribía estas líneas, llegó a casa una invitación para una conferencia sobre el cambio climático, organizada por la asociación de colonos en conjunto con la diputada federal de nuestro distrito. Una de las razones por las que asistí, fue para observar la respuesta a la convocatoria y las actitudes de los participantes. A mi sorpresa, el evento planeado para unas 100 personas fue insuficiente para las conocidas caras de mis vecinos, respuesta tal vez explicable por la exposición del tema y su cada vez mayor relevancia en los medios. Del evento, llamaron mi atención dos cosas:

  1. La intuitiva conciencia de la gravedad del problema y la necesidad de acción; pero también, el desconocimiento que todavía se tiene del tema.

  2. Percibí un genuino interés de participación y colaboración, en tiempos de desencanto y distanciamiento entre la ciudadanía y sus representantes.

Considero que el cambio climático es el reto más importante que enfrentamos como generación. Evidentemente hay problemáticas que requieren de nuestra atención, como la pobreza y la inseguridad, por el dolor y ansiedad que generan; sin embargo, las consecuencias advertidas del cambio climático, pueden hacer más graves y más complejas las soluciones a éstas y otras problemáticas.

Los costos del cambio climático son actualmente considerables y serán mucho mayores si no se enfrenta el problema pronto de manera contundente. El Reporte Stern concluye que si no se realizan cambios dramáticos pronto, los costos del cambio climático a la economía mundial pudieran igualar o exceder aquellos de la segunda guerra mundial. En México, durante las últimas dos décadas del siglo XX, por efecto de eventos hidro-meteorológicos extremos se registraron cerca de 3 mil muertes y daños totales valuados en 4,400 millones de dólares.

Se está formando un consenso en la comunidad científica respecto a las medidas que debemos tomar para evitar un cambio climático extremo e incontrolable, pero llama la atención que éstas requerirán ser más drásticas y llevarse a cabo más rápido de lo imaginado hace algunos años.
El cambio climático es resultado de la acumulación en la atmósfera de gases de efecto invernadero (GEI), entre los que se encuentra el CO2.

Existe evidencia científica de la creciente acumulación de CO2 en la atmósfera en los últimos ciento cincuenta años, la concentración de CO2 actual es 30% mayor que aquella de 1850. Este nivel continúa incrementándose rápidamente debido a que, la cantidad de CO2 emitido por la actividad humana (al quemar combustibles fósiles en fábricas, plantas de generación eléctrica, hogares y vehículos de cielo, mar y tierra) es mayor a la capacidad de la naturaleza de absorberlo (por plantas, árboles y plankton) y disolverlo (en los océanos). De manera intuitiva el diagrama “El uso de la atmósfera como una tina” describe la situación.

La reducción de emisiones globales necesaria para estabilizar la cantidad de GEI en la atmósfera, a un nivel en que se minimicen sustancialmente los mayores impactos adversos del cambio climático, se estima en hasta 70% de las emisiones globales actuales a lograrse para 2050. A éste enfoque de solución se le denomina mitigación; se trata de reducir las emisiones de GEI a la atmósfera mediante patrones de generación y consumo de energía cada vez más eficientes y que dependan menos de la quema de combustibles fósiles (petróleo, gas natural, carbón, leña).

La magnitud del reto de la mitigación no es simple, para ejemplificar tomemos el caso de nuestro país. En 2002, 60.4% de la energía que utilizamos en México provino de combustibles fósiles, que producen alrededor de 390 millones de toneladas de CO2e; sin embargo, para 2008 nuestra dependencia subió a 64%. El total contabilizado (2002) de emisiones GEI que nuestro país produce es de 643 millones de toneladas de CO2e que además de las necesidades energéticas incluyen las generan procesos industriales, agricultura y desechos.

El reto no termina ahí, una solución real debe tomar en cuenta a aquellos que están por satisfacer sus aspiraciones legítimas de progreso material. Considerando que de cada dos mexicanos, uno viva en condiciones de pobreza, conforme el país avance, la demanda de energía crecerá también, y con ello el esfuerzo de mitigación parece irreal; pues a medida que más gente vaya teniendo acceso a satisfactores, a mejores condiciones de bienestar, desde una mejor alimentación hasta la adquisición de aparatos eléctricos o mayores necesidades de transporte, se requerirá de mayor energía con el consiguiente aumento en emisiones GEI. Desde ésta óptica, pareciera que la solución al problema del cambio climático estaría encontrada con el desarrollo económico y el abatimiento de la pobreza. No es así, de seguir promoviendo el desarrollo económico y hacer caso omiso del calentamiento global, las consecuencias de éste último acabarían por generar más pobreza, en un escenario donde la energía, el agua, la tierra y los recursos naturales se encarecerían, generando con ello mayores presiones sociales. En realidad el problema ambiental esta ligado con el problema social.

El reto entonces está en desarrollar la economía y sacar a más gente de la pobreza sin depredar al planeta, en hacer que millones de mexicanos vivan juntos de manera digna y sustentable.

Alguna vez escuché que las grandes oportunidades están disfrazadas de problemas insolubles. La clave está en entender que aquellos países y comunidades que mejor se organicen y desarrollen un sistema de energía limpio, mayores oportunidades darán a sus miembros en el futuro.

Me identifico con Thomas Friedman: La realidad es que el grado de deterioro ambiental nos deja casi sin espacio para continuar por el mismo camino de desperdicio y explotación. O hacemos algo, o más difícil será el futuro inmediato. Siendo así las cosas, todos estaremos pendientes del vecino, pues lo que él haga nos afecta a nosotros. En esta nueva realidad, tarde o temprano, todos estaremos forzados a pagar los verdaderos costos de la energía que utilizamos, o lo que es peor, del estado de pobreza energética que sostengamos; los costos implícitos del cambio climático y de la pérdida de biodiversidad.
Pareciera que el escenario luce cuesta arriba para nosotros como país, de nuevo esto no es así. Se requiere de aprovechar el potencial que nos brinda esta privilegiada tierra en la que vivimos. El potencial de energía solar de México es de los más altos del mundo, ya sea para generar electricidad o para calentar agua. También se tienen perspectivas alentadoras en cuanto a energía eólica.

Siguiendo la visión de Peter Senge, los líderes sociales que necesitamos deberán tener la capacidad de guiar a la sociedad basados en tres premisas fundamentales:

  • No hay camino viable que no considere a las nuevas generaciones. Es entender que no puede esperarse prosperidad y competitividad en el futuro, si seguimos haciendo las cosas de la misma manera.
  • Cambio de paradigmas, nuevas formas de pensar y percibir. Modelar el desarrollo con enfoque de preservación y balance, es decir, obtener recursos, transformarlos y consumirlos sin sobrepasar los límites de la naturaleza.
  • Organización social e instituciones sensibles y efectivas. Para grandes cambios se requiere de masa crítica, pues es poco lo que un individuo puede hacer de manera aislada. Ya hay inquietud e iniciativas en busca de soluciones, pero requieren de liderazgo para canalizar y potencializar esos esfuerzos,  promoviendo la sensibilización y organización colectiva, para luego construir el futuro bajo las dos premisas anteriores.

Revisando cada uno de estos puntos, es claro que hay una oportunidad para un nuevo tipo de liderazgo, y está abierta para aquéllos que entiendan el reto y lo asuman. La respuesta a la convocatoria de conferencia de la que hablé al principio muestra para mí una sociedad ávida de participación para atender sus propios problemas y dispuesta a seguir liderazgos reales que los atiendan. El futuro espera nuestras decisiones.

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Edición de Marzo de 2010 - páginas 26-29